“Allí, rodeados por la gloria de la propia naturaleza, mantenidos aseados, profundamente amados y comprendidos, las jóvenes plantas humanas comenzaron a crecer, a florecer (…) Los niños crecieron y se desarrollaron con la firmeza que da la confianza de sí mismo, varones y mujeres amantes de la libertad. ¿Qué peligro más grande para las instituciones que forjan pobres para perpetuar a los pobres?”[1]
Si prestamos atención a lo cotidiano, a cómo nos sentimos habitando esta sociedad, podemos percibir que predomina la hostilidad, donde existen prácticas y lógicas de poder que pretenden posicionar a unes por sobre otres, partiendo desde las bases de la relación con la naturaleza y lxs demás animales; donde lo que prima es el antropocentrismo, junto con modelos colonizadores, extractivistas, que implican la destrucción sistemática de la biodiversidad y junto con esto la creciente contaminación que conlleva (acústica, lumínica, del agua, de la tierra), hasta la relación con les otres y nosotrxs mismxs.
Estas lógicas expresan en sí mismas la decadencia -¿o apogeo?- de la civilización, de sus patrones y dinámicas. Somos parte de una humanidad repleta de costumbres, de mandatos tácitos, silenciosos -a veces no tanto-, que nos conducen sigilosamente hacia un camino, el camino de lo uniforme, de lo disciplinado, del monocultivo.
Desde nuestros primeros momentos como individuxs, es decir, durante la niñez o juventud, habitamos en sociedad sin ocupar un lugar muy claro, más bien es un no lugar. Es habitar el lugar de una espera impuesta, un transitar reuniendo experiencia, saberes, méritos para poder llegar a ocupar un lugar en la adultez.
Tanto en su lecho más cercano, como en el encuentro con la educación escolarizada, la niñez se ve desprovista de herramientas que posibiliten un desarrollo evolutivo a través de la exploración segura, que le permitan reconocerse, vincularse y actuar desde el desarrollo continuo de una autonomía.
Desde esa perspectiva, pareciera estar todo articulado para cumplir precisamente con un objetivo contrario, que comprende a la niñez y juventud como un ente pasivo, al cual se le vacían distintos saberes de manera apresurada, repetitiva, sin mayor análisis ni reflexión en torno a lo que se aprende. Y aunque existan quienes puedan amoldarse a este tipo de “aprendizaje”, creo que es necesario cuestionarse qué tan enriquecedor es.
¿Qué es lo que se le enseña a lxs niñxs y cómo se les comprende o percibe en estos espacios? Respondiendo a lo primero, probablemente a obedecer, a mantenerse quietx por tiempos prolongados, a interiorizar ritmos de vida ajenos a los que nos enseña la naturaleza. En pocas palabras son educadas para ir acomodándose poco a poco y ser funcionales a las necesidades de este sistema económico productivo capitalista.
“El capital excluyó a los niños y los mandó a la escuela no solo porque obstaculizan el trabajo más productivo de otros o para indoctrinarlos. El dominio del capital a través del salario obliga a toda persona físicamente capaz a funcionar bajo la ley de la división del trabajo, y a funcionar en formas que, si no inmediatamente, son en definitiva provechosas para la expansión y extensión del dominio del capital. Este es, fundamentalmente, el significado de la escuela. En lo que, respecto a los niños, su trabajo parece consistir en aprender para su propio bien.”[2]
A les niñes se les prepara para el futuro, no se les permite habitar el presente, se les considera como seres no productivos, por su falta de conocimientos, de experiencia. Si el sistema que les educa, lo hace con el fin de domesticarles para que ingresen al mundo adulto de manera correcta, siendo funcionales para el sistema económico, entonces lo que se hace con les niñes es privarles de un verdadero proceso de aprendizaje, que les vincule con su entorno real, con les otres y con elles mismes. Se les separa de la naturaleza, de su propia naturaleza, se les arrebata la posibilidad de experimentar a través de su cuerpo, se les inhibe el deseo de preguntar-se, de descubrir a través del juego, el tacto, el constante ensayo y error.

No existe duda de que la manera en que se les educa tanto a les más jóvenes, como incluso a nosotras nos priva muchas veces de sorprendernos, de buscar maneras de descubrir algo nuevo, de expresarnos y crear, resultando beneficioso para quienes controlan el poder, porque se siguen repitiendo las mismas ideas, porque si no reflexionamos, no podemos crear algo nuevo, algo que pudiese subvertir las formas establecidas.
“Es un peligro capital comprender demasiado pronto, sin dificultad, sin esfuerzos, ni largo trabajo de asimilación. Se arroja negligentemente el hueso que otro ha sacado “la sustanciosa médula”; se produce la indiferencia, el hastío, el desprecio por las cosas más bellas; la falta de estudio personal mata la iniciativa, quita a la palabra y a los actos toda originalidad”[3]
Todo cuanto se les enseña es un conocimiento acabado, del cual no se espera más que un memorizar y repetir, y desde el cual se les arroja a aceptar sin reclamo lo que de afuera es dicho.
Esta visión adultocéntrica de la enseñanza, donde existe una sobrevaloración a la etapa adulta, por su “saber” pero por sobre todo por su capacidad productiva en esta sociedad, genera que se perciba a lxs niñxs como seres incompletos. Vale decir que a este grupo etario se le llamaba infancia, la cual etimológicamente viene del latín in-fale, “el que no habla”, por lo tanto, el que no tiene algo valioso que decir, a quien no vale la pena escuchar.
Cómo podría aprender, desarrollarse, construir su identidad y autonomía, un ser que socialmente es considerado por quienes le rodean como alguien que no tiene nada para decir, opinar ni menos enseñar. Negar entonces el presente de la niñez es también el no reconocerlxs como entes de cambio, como generadorxs de pensamiento, pertenecientes activamente dentro de la sociedad, por lo que se convierten en excluides sociales.
De acuerdo a lo anteriormente expuesto es que nos preguntamos, ¿cuál es nuestra relación con la niñez y la de unx mismx? Como seres que sin ánimos a veces de definirnos, nos consideramos de igual manera antagónicas a lo establecido, a la violencia, al poder, tenemos que llevar esta lucha, estas contradicciones internas a la práctica cotidiana, y así, tensionar la manera en que nos relacionamos con otres, y entre esas otredades, construir espacios donde la niñez pueda expresarse, explorarse y configurar una identidad desde la convivencia con el entorno, desde el experimentar junto a otres, donde el crecimiento y el desarrollo sea colectivo.
Es necesario para la articulación y construcción de redes antagónicas, de espacios y vidas en resistencia; el darles cara a estas relaciones de poder y construir otras formas; que se salgan, que molesten e incomoden a las impuestas, que no sean funcionales ni productivas, porque no buscan serlo, sino que buscan romperlas. Consideramos que es importante que desde nosotrxs mismxs se recupere el movimiento, el juego, la curiosidad, la espontaneidad, imaginación, creatividad, capacidad de asombro, que son características fundamentales durante los primeros años de nuestra vida, pero que sin embargo estas potencialidades se van perdiendo, restringiendo para que se adecúen, se “comporten” y sean más cómodas al orden imperante. Sin embargo son estas mismas cualidades las que permiten el crecimiento, las que forjan diferentes y diversos nuevos caminos, diversxs como el bosque nativo.
Aparecido en el primer número de Maleza Desértica
Notas:
[1] Recopilaciones de escritos. Ediciones y Recursos Tecnológicos, S.A. de C.V 2018
[2] Mariarosa Dalla, El poder de la mujer y la subversión de la comunidad (Ediciones Antarquía: Mexico, 1972), 8.
[3] Eliseo Reclus, Educación (Editorial Eleuterio, Santiago, 2000),



